Cien minutos inmóvil, por Ignacio Orovio

Esta semana pensaba escribir sobre Máster en desconexión digital. Es un librito que en realidad es un formulario, con una serie de tests que desvelan si somos adictos a la tecnología y con una serie de fórmulas para dejar de serlo. Sus autores son Jimmy Pons y Phil González, con prólogo de Carlos Latre, y lo acaba de publicar Oberón Libros. Probé algunas de sus preguntas y oteé un resultado humillante de adicción tecnológica, precisamente lo que pretendía denunciar, contra lo que deseaba (volver a) alertar. ¿Cómo lograr que nos alejemos, ni que sea una hora al día, o media, de nuestros móviles o pantallas, que rescatemos el placer de la conversación, de la voz al otro lado, de una lectura sin biiiiips, la comprensión de lo que nos están revelando? Lo que cuentan algunos pedagogos sobre la concentración escolar es demencial.

Pero de ese máster hablaré otro día, porque el jueves fui al Teatre Lliure, a ver Falaise , de la compañía Baró d’Evel, y esa fue una magistral lección off-line . Justo antes de arrancar la función, con las luces aún encendidas, una mujer de negro (sería una de las actrices) interpeló a un chico de la fila 4: “¿Ha apagado su móvil?”. Decenas de personas se llevaron la mano al bolsillo y se aseguraron de haberlo hecho. No se oyó o vio ni uno en los cien minutos siguientes, lo que dura Falaise .

Sin hilos, sin conexión digital, sin proyecciones de vídeo, con un caballo blanco, gigante; teatro primigenio, salvaje

Cuando aparecieron las palomas por encima de un lado a otro del escenario mi mente adicta a la tecnología pensó por unos instantes que era un efecto digital, una proyección, por mucho que el aleteo era palmariamente carnal, ornitológico, plumáceo: eran palomas de verdad. Blancas, picassianas, preciosas. Cuando apareció el caballo tuve la tentación de pensar lo mismo, que como si Baró d’Evel fuera el Mago Pop nos hacía aparecer por allí aquel corcel también blanco, gigantesco, cloc-cloc. Parecía que iba a saltar sobre la primera fila. Pero no. Ni era un efecto óptico ni saltó sobre nadie, sino que actuó como cualquiera de las actrices y actores; al menos todos sus movimientos parecieron cuadrar con lo que requería cada escena.

Sin hilos, sin conexión digital, sin proyecciones de vídeo. Un caballo blanco, gigante. Teatro primigenio, salvaje, en una pieza sin más argumento –deduje– que la emoción. Una detrás de otra, todo un pantone cardiaco. Sales con un cuestionario entero.

Baró d’Evel apuesta por un teatro total, en el que mezcla danza, circo, música, acrobacia o canto y al que como particularidad incorpora animales. En su doctrina teatral los presenta como el contrapunto al texto preciso, el punto de fuga de la representación, en cómo su presencia desconcierta al espectador, concede nuevas dimensiones al relato. Para ellos, cada función es una ceremonia, un nuevo hechizo. Y es cierto: nadie sacó un móvil, nadie quiso perderse un instante, desconectar ni un segundo del embeleso que aquello producía, ni inmortalizarlo más que en la propia retina, ni compartirlo en redes o con el vecino de butaca. El arte total.

Cien minutos toda la platea doblemente in-
móvil.