¿Muere el tiempo analógico?

Son las once menos veinticinco de la mañana, como indica claramente un reloj de considerable tamaño en la pared. Un estudiante de quince años levanta la mano y pregunta al maestro la hora. Le han dado ciento cincuenta minutos para completar el examen, necesita saber cuánto tiempo le queda, y entre los nervios, la presión y la cultura digital en la que se mueve, no entiende lo que dicen las manecillas.

Se trata de un fenómeno cada vez más frecuente. Los niños y adolescentes, acostumbrados a leer la hora digitalmente en ordenadores, ipads y teléfonos móviles, no entienden los relojes analógicos. Y los colegios, para hacerles las cosas más fáciles y evitar problemas, los están retirando de las paredes, por lo menos a la hora de los exámenes. “Los chavales tienen que estar lo más relajados posibles, y no tiene sentido que hayan de preocuparse de interpretar qué hora es en un tipo de reloj que no forma parte de sus vidas”, dice Melanie Smith, directora de una escuela secundaria pública del barrio de Camden, en el noroeste de Londres.

Los niños están acostumbrados a mirar la hora en el móvil
Los niños están acostumbrados a mirar la hora en el móvil (dolgachov / Getty Images/iStockphoto)

Pero aunque esa aproximación práctica puede resolver el problema inmediato y evitar un estrés adicional para los estudiantes en los exámenes, no afronta la cuestión de fondo de por qué un número creciente de alumnos de entre seis y dieciocho años tiene que pensárselo para leer la hora en un reloj analógico de los de toda la vida, si ello es bueno o malo, y cuáles son sus consecuencias psicológicas (si es que las hay). Lo que está claro, en cualquier caso, es que el gesto de girar el brazo izquierdo y mirar el reloj es una cosa generacional que va camino de desaparecer con el tiempo. “¡Vaya palo! -comenta Richard, un alumno del colegio de Camden-. ¿Qué sentido tiene devanarse los sesos para entender una antigualla de la época de nuestros bisabuelos, cuando el móvil te informa con toda precisión y nitidez, sin lugar a dudas?”.

En algunos países, como España o los Estados Unidos es diferente, y la lectura correcta de un reloj analógico (por lo menos las horas y las medias) forma parte del programa escolar. “Es algo que implica un montón de permutaciones matemáticas importantes (por ejemplo los múltiplos de cinco) que ayudan a desarrollar la mente y beneficia enormemente a los niños, les enseña el paso del tiempo porque las manecillas se mueven constantemente, al contrario que los números en un reloj digital”, dice Carol Burris, directora ejecutiva de la Red de Educación Pública.

Algunos países incluyen la lectura del reloj analógico en el currículo escolar porque ayuda a desarrollar la mente

El impacto de la digitalización creciente de la sociedad y de la educación no afecta tan sólo a la lectura de los relojes. Un estudio reciente de la Heart of England Foundation, un organismo de la sanidad pública británica, indica que un número creciente de niños no sabe coger como es debido el lápiz o el bolígrafo para escribir, porque no lo ha hecho nunca (o casi nunca), no ha jugado con bloques de madera o recortables, no ha empujado por el suelo coches de juguete, y por tanto no ha desarrollado de debidamente los músculos de los dedos necesarios para producir una escritura legible sin sufrir dolores.

“Los niños llegan al colegio sin la fuerza en las manos y el control muscular necesarios para escribir. Les das un lápiz no tienen la más mínima idea de qué hacer con él, no coordinan los movimientos. En cambio, son maestros de todo lo que tenga que ver con el ipad y el teléfono móvil. Hasta las cartas que mandan a Papá Noel o los Reyes Magos son digitales”, se lamenta la psicóloga y terapeuta pediátrica Sally Payne. La madre de uno de sus alumnos, Laura Young, lamenta no haber regalado a su hijo juguetes convencionales, trenes y cochecitos. “La consecuencia –dice– es que coge los lápices de colores como los hombres de las cavernas cogían los palillos, o las personas sin educación el tenedor y el cuchillo. Es una pena. Hay cosas que estamos haciendo mal”.

La falta de juego tradicional provoca que muchos niños británicos lleguen al colegio sin la fuerza y el control muscular necesarios para escribir (Foto de ARCHIVO) EP
La falta de juego tradicional provoca que muchos niños británicos lleguen al colegio sin la fuerza y el control muscular necesarios para escribir (Foto de ARCHIVO) EP

Incluso los jardines de infancia se preguntan cuán lejos han de ir en el uso de las tecnologías digitales, y hasta dónde han de preservar los métodos de enseñanza tradicionales. Unos dan a los niños de dos y tres años tabletas y móviles, otros se resisten. “Aunque sin duda la digitalización ofrece ventajas (ahorra tiempo, introduce nuevos estímulos visuales…), también tiene inconvenientes como el fomento de un estilo de vida más sedentario. Los niños se sienten desnudos sin sus aparatos, confían en ellos más que en sí mismos, pasan más tiempo en interiores que jugando al aire libre, correteando y participando en actividades físicas”, opina Karin Bishop, del Real Colegio de Terapeutas Ocupacionales.

“Ya sean los relojes analógicos o la escritura, lo mismo que el dibujo, la música, jugar a las canicas o construir castillos de arena en la playa, tienen un papel social importante en nuestras vidas –dice Dominic Wise, profesor de la UCL University–. Preguntar la hora o enviar una carta contienen un elemento de interacción que impulsa el desarrollo cognitivo, desarrollan ciertas áreas del cerebro y ayudan a crear una imagen mental del mundo, cosa que no hace un ordenador”. Un estudio realizado en Francia muestra que quienes escriben a mano aprenden más y memorizan mejor que quienes teclean la información, son capaces de trabajar más horas seguidas, son más comunicativos y creativos, se expresan mejor y tienen un mayor sentido del ritmo y coordinación física.

Un estudio francés muestra que quienes escriben a mano aprenden más y memorizan mejor

Otro factor negativo de la dependencia digital –pone de manifiesto Hanna Silverstein, profesora de una escuela primaria de Hampstead, en el norte de Londres– es que puede fomentar la desigualdad, ya que no todos los chavales tienen el mismo acceso a ordenadores y móviles, o acuden a escuelas con los mismos medios.

Pero la digitalización también tiene sus fans incondicionales, como Steven Parks, maestro de un exclusivo colegio privado del barrio de Golders Green. “Ya nadie utiliza los borradores, las tizas, los cartabones, las reglas o la letra cursiva, fundamentales para la enseñanza en anteriores generaciones, así que no hay que llevarse las manos a la cabeza porque un niño de un año juegue con el móvil, un chaval de diecisiete tenga problemas para leer un reloj analógico, y los estudiantes de Cambridge pidan hacer los exámenes en tabletas en vez de en papel. El tiempo pasa, y lo que hace falta son más impresoras en 3D, no más relojes de cuco”.

La digitalización gana terreno en la educación y sus defensores creen que aunque pueda restar alguna habilidad, potencia otras
La digitalización gana terreno en la educación y sus defensores creen que aunque pueda restar alguna habilidad, potencia otras (Ana Jiménez)

Droga dura digital

Privados de sus aparatos electrónicos, muchos jóvenes se sienten desnudos, sufren depresión y ansiedad

Para muchos jóvenes y adolescentes, un email, un SMS, un Whatsapp, una llamada en el móvil, una foto en Instagram o un video en la tableta son el equivalente de una ficha en el casino para un jugador de cartas o ruleta. Una inyección de adrenalina, un chute electrónico, según una serie de estudios realizados en el Reino Unido.

La universidad de Bournemouth ha realizado un experimento con 150 estudiantes de entre 17 y 23 años, a los que ha aislado durante veinticuatro horas de todos sus aparatos electrónicos y privado del acceso a la televisión (un medio, por otra parte, que para ellos es antediluviano), y les ha pedido que escriban sus sensaciones en una especie de diario. La conclusión del subsiguiente estudio es que cuatro de cada cinco reconocen haber sufrido inquietud física y mental, pánico, confusión, desorientación y una sensación extrema de aislamiento. La adicción a la tecnología moderna es muy real.

Diversas investigaciones muestran que los jóvenes están más 'enganchados' al móvil de lo que ellos suponen
Diversas investigaciones muestran que los jóvenes están más ‘enganchados’ al móvil de lo que ellos suponen (Redacción)

Entre los adjetivos utilizados por los estudiantes protagonistas del experimento, a la hora de escribir su estado de ánimo alejados de sus aparatos digitales, figuran “irritable”, “agresivo”, “enloquecido”, “inseguro”, “nervioso”, “deprimido”, “inquieto”, “asustado”, “confundido”, “solo”, “celoso”, “enfadado” y “paranoico”. Anteriormente, un estudio similar de la Academia de Salzburgo para el Cambio Global, titulado The World Unplugged , había llegado a conclusiones similares. “Los chicos confesaban haber pasado miedo, y haberse asustado al descubrir los adictos que están, no esperaban unos efectos psicológicos tan drásticos, creían que podrían controlar la situación mucho mejor”, señala la investigadora Susan Moeller.

En el experimento de la Universidad de Bournemouth, los participantes tuvieron que entregar sus móviles, tabletas y ordenadores, y fueron privados durante un día entero del acceso a sus cuentas de Twitter, Facebook e Instagram, así como a Google y otras redes sociales, permitiéndoseles como actividades la conversación e interacción entre ellos y la lectura de libros. También podían utilizar una línea terrestre de teléfono. Tan sólo un 21% (uno de cada cinco) dijo al final haber sentido los efectos beneficiosos de estar desconectado.

Privados de redes sociales 24 horas

“Los chicos confesaban haberse asustado al ver lo adictos que están, creían controlar más la situación”

Susan Moeller Investigadora, The World Unplugged

“Soy un adicto y lo confieso –señaló en sus conclusiones Robert, un participante británico–. No bebo alcohol, no tomo cocaína, no me meto heroína, no pruebo la marihuana ni necesito las pastillas para salir de marcha, pero me he dado cuenta de que los aparatos electrónicos son mi droga, sin ellos me he sentido absolutamente perdido, no veía el momento de que pasaran las veinticuatro horas y acabase el experimento”.

Por término medio, los chavales ingleses de entre 13 y 18 años, según otro informe del Real Colegio de Pediatras y Salud Infantil, pasan ocho horas al día delante de una pantalla y seis horas online, más tiempo del que dedican a cualquier otra actividad, y los niños de 10 y 11 años tiene acceso en su casa a cinco aparatos digitales. Enviar mensajes de texto se ha convertido en algo tan elemental como pestañear, y por término medio un británico, al margen de la edad, manda o recibe un promedio de 400 mensajes al mes, cuatro veces que hace una década. Esa cifra se eleva a 3.700 en el caso de los adolescentes. Un 65% admite usar los móviles mientras habla con otras personas, un 33% durante las comidas y un 47% en el cuarto de baño. Los científicos han dado el nombre de “síndrome de vibración fantasma” a la sensación cada vez más generalizada de que el móvil vibra cuando en realidad no es así.

Por término medio, un adolescente británico envía unos 3.700 mensajes al mes
Por término medio, un adolescente británico envía unos 3.700 mensajes al mes (Thomas Trutschel / Getty)

“Los problemas de adicción, ansiedad, pánico y aislamiento relacionados con la tecnología digital son una cuestión tan importante como el cambio climático”, considera Susan Greenfield, profesora de Farmacología en la Universidad de Cambridge y autora de un libro sobre la materia. “Los artefactos electrónicos alimentan nuestras obsesiones, estrés y sentido de dependencia”, opina en esa misma línea el psicólogo californiano Jerry Rosen. “Los medios digitales tienen algo que crea adicción”, afirma Elias Abouajaoude, psiquiatra de la Universidad de Stanford.

Los gobiernos de la República China, Taiwan y Corea del Sur han aceptado el diagnóstico médico de “adicción a Internet”, y han decidido tratar los problemas relacionados con esa condición como una emergencia sanitaria nacional (un 30% de los adolescentes padece la “enfermedad”). Las autoridades de Seúl financian centros de tratamiento similares a los que hay para los drogadictos o adictos al juego, y promueven una especie de toque de queda nocturno para que los menores de una cierta edad no puedan acceder por la noche a Internet y las redes sociales. En China se ha creado una organización de madres que patrocina la “moderación digital” y una etiqueta de “buenas costumbres” electrónicas.

China, Taiwan y Corea del Sur ya consideran la adición a internet como una emergencia sanitaria nacional