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D.G. (permítanme utilizar solo las iniciales), tiene trece años. Desde que comenzó el curso ha ido tres veces a clase. No quiere salir de casa ni quedar con amigos ni reunirse con la familia… Su sitio es el sofá, frente al televisor del salón, conectado a su Nintendo. Sus padres saben, y así lo reconocen, que su hijo tiene una grave adicción –el especialista la ha calificado como “de alto riesgo”– a las pantallas: Tv, tablet, móvil… y tienen miedo que la Fiscalía de Menores se lo retire de su custodia. Asisten a terapia semanal los tres, y hacen terapia de grupo, porque allí están conociendo a otros chavales en esa misma situación. “la tecnología es lo que peor nos ha pasado” comentan cariacontecidos. El chico, pelo largo y suelto, sudadera negra, comenta su progenitor, es un clon de los otros. Y añade: “le fallan las habilidades sociales, no se relaciona, y ahora estamos revisando su autoestima, que es muy baja, es disfuncional, no suele exponer sus emociones pero se irrita por cualquier cosa, no respeta los juicios y gritos son violentos y no se deja educar, no come, no duerme…”

 

Este caso (verídico) que parece ser puntual, no lo es. Es más común de lo que creemos. El 22% de los jóvenes de 10 a 25 años sufre trastornos del comportamiento severo, relacionados con la dependencia tecnológica. A diferencia que en la vida, ahí, en su propia dependencia, sí que se consideran competentes, asegura un experto psicólogo especializado en estos temas… Y dice algo más que debería suponer un latigazo para todos los padres y adultos de esta sociedad: “Con tres años, les colocan la tablet ante las narices para que coman”… Pues bien, por mucho que el vicepresidente de la Sociedad Española de Psiquiatría proclame, urbi et orbe, que la adicción a los móviles y videojuegos en los adolescentes, es la segunda más tratada después del cannabis, la tal adicción no es considerada una enfermedad por el ministerio de Sanidad, y aún no entra en el Plan Nacional sobre Drogas, que asocia la adicción a las substancias: alcohol, tabaco, opiáceos…

 

He ahí dónde reside la dificultad. Y es que no existe protocolo de actuación, porque el diagnóstico de nuevas enfermedades siempre va detrás de los cambios sociales, y la Administración es lerda y lenta en reaccionar… Y yo añadiría también, que esa sociedad que experimenta tales cambios, niega tal realidad y es reacia a reconocer lo que está pasando, para no admitir su parte de culpa y responsabilidad en ello. Sin embargo, existe una fórmula contrastada para que cualquier familia pueda diagnosticar en cualquiera de sus miembros, un consumo excesivo de una adicción, y es la pérdida del control y la resistencia violenta a ese mismo control. El problema está cuando no se quiere reconocer lo que resulta obvio, pues resulta un cambio de conducta tan llamativo que no puede pasar desapercibida en modo alguno. Para no tener que repetir, me remito al final de mi primer párrafo. La Comunidad de Madrid ha dado el primer paso en España, y ha respondido con un Centro de Adicciones Tecnológicas, desde donde está atendiendo una creciente demanda en tal sentido.

 

Lo que las nuevas tecnologías pueden suponer de indudable avance para la humanidad, que con toda seguridad lo es, también lleva aparejado un palpable retraso en la conducta, el desarrollo psíquico, y el comportamiento de los niños y jóvenes. Un paso en sentido positivo, y una zancada en el negativo. La culpa no es de la investigación ni de la industria en esta rama de la ciencia, aunque, a la larga, pueda volvérsela en contra, porque ya se sabe, la gente suele volcar su responsabilidad en otros entes, para no asumir la suya propia. Por eso que sería buena idea que, parte de sus inmensas ganancias, la dedicasen a ayudar en la búsqueda de soluciones. No estaría mal.

 

Aunque no sea suya toda la culpa. Una parte es de la propia administración, que debería regular – ya que no prohibir drásticamente – el uso a determinadas edades, salvo, claro, que asuma un plan serio y sin concesiones para educar a los futuros usuarios desde el propio centro escolar implicando a las familias en ello. Dado lo que hay, no sería ninguna barbaridad. Y la otra parte de responsabilidad reside en la misma sociedad, en los propios progenitores, en las mismísimas familias, que es donde, en realidad, se inician desde pequeños por su propia comodidad, en un uso del que luego lamentamos el abuso…

@migasanch